miércoles, 20 de abril de 2016

- Atotonilco, "Santuario de Dios y de la Patria"

"Santuario de Dios y de la Patria", Atotonilco es una población que forma parte del municipio de San Miguel de Allende en el estado mexicano de Guanajuato. En Atotonilco se encuentra el Santuario de Jesús Nazareno (Patrimonio Cultural de la Humanidad, declarado por la Unesco), y se le llama "Santuario de la Patria", por ser el lugar donde el 16 septiembre 1810 Miguel Hidalgo de ahí tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe que presidió la lucha por un México independiente.
En la parte exterior del templo se pueden apreciar grandes muros que dan la impresión de que la iglesia fuera una fortaleza. Los muros exteriores son de diez metros de largo; las cúpulas alcanzan los veinte metros y la torre de reloj es de veinte metros de altura. La entrada principal es además sencilla con un arco "mixtilineo" que mira al este, hacia el Jerusalén, dando a todo el complejo una orientación este-oeste. Hacia el sur a lo largo de la fachada principal esta la Casa de Ejercicios y la torre del reloj. Al norte está la Santa Escuela de Cristo. Frente a la fachada principal está un atrio estrecho, que una vez fue utilizado como cementerio. Hoy en día, es la sombra de árboles y se encuentra rodeado de una pequeña valla. 
1- El Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco es un templo barroco del siglo XVIII situado a 14 kilómetros de San Miguel de Allende en Guanajuato. Fundado por el padre Luis Felipe Neri de Alfaro en el año de 1740 quien se inspiró para su edificación en el Santo Sepulcro ubicado en Jerusalén. Este Santuario dedicado a Jesús Nazareno, fungió como casa de Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola
El Santuario de Atotonilco es mundialmente conocido por haber sido participe en la historia de la Independencia de México, cuando el Cura Miguel Hidalgo, tomó un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe como bandera del ejército insurgente. La construcción recibe cada semana a más de 5,000 personas de diversas partes del mundo, atraídas por su  increíble arquitectura y sus hermosos murales.
“El padre Luis Felipe Neri de Alfaro, volvía de predicar unas misiones en Dolores Hidalgo, y descansó bajo un mezquite… en sueños vio a Nuestro Señor Jesucristo coronado de espinas, llevando la cruz sobre sus hombros… y Jesucristo le decía que era su voluntad que aquel lugar se convirtiera en lugar de penitencia y oración y que a tal efecto se levantara allí un templo…y así se hizo, el 3 de mayo de 1740 se bendijo la primera piedra de esta singular fortaleza religiosa…”
El Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco y la ciudad de San Miguel de Allende fueron inscritos por la Unesco en el Patrimonio Cultural de la Humanidad bajo el título de «Villa Protectora de San Miguel el Grande y Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco» el 8 de julio de 2008. La distinción se otorgó debido a su importancia cultural y su aporte arquitectónico al barroco mexicano.


El Santuario, oficialmente llamado el "Santuario de Dios y de la Patria", pero mejor conocido como el Santuario de Jesús Nazareno en Atotonilco. Situado en un área que es una combinación de pastizales secos y el desierto salpicado de cardos, dulces de acacia y de árboles de mezquite. 
La apariencia del paisaje ha sido comparada con la de Jerusalén, el cual da a sus creyentes una conexión con la tierra santa. El área también cuenta con un gran número de aguas termales y manantiales. Cuando el Santuario fue construido, habian 27 manantiales alrededor del complejo para regar sus jardines. Hoy las aguas termales aun se levantan del suelo a las afueras del Santuario, 
La iglesia principal es de una sola nave sin una cúpula, alineada en los flancos norte y sur de las capillas y cámaras. 
En el lado norte de la nave, la Capilla del Rosario, las cámaras del Padre Luis Felipe Neri, la Capilla de Belén, el Bautisterio, y la sala del Relicario.
En el lado sur, está la Capilla del Santísimo, la de la Soledad, la de Loreto con sus capillas traseras, la de la Gloria Escondida, la del Santo Sepulcro y la del Calvario.
Las paredes y techos del interior están casi totalmente cubiertos de obra mural, escultura, inscripciones y pinturas al óleo en un estilo llamado barroco popular mexicano, aunque la influencia indígena se puede ver. 
La única excepción a esto son los altares neoclásicos que se instalaron más adelante. 

La mayor parte de la obra mural fue realizado por Antonio Martínez de Pocasangre con algunos hechos por José María Barajas durante un período de treinta años, con casi ningún espacio libre entre las numerosas imágenes. 

El estilo de la pintura imita la pintura flamenca que fue conocido a través de las impresiones belgas que los españoles trajeron desde Europa. 

Esta obra mural ha hecho que el complejo sea llamado la "Capilla Sixtina de América" o la "Capilla Sixtina de México."
Los murales que decoran la totalidad de la iglesia son una obra maestra del intercambio artístico entre Europa y América


Pintados por el artista local Miguel Antonio Martínez de Pocasangre durante treinta años los murales se disponen sin orden unos seguidos de otros ocupando la totalidad de la iglesia. Según la Unesco: "Su arquitectura y decoración testimonia la influencia de la doctrina de San Ignacio de Loyola".

2- El Santuario de La Patria:
El santuario es un hito importante en la historia de México: fue la iglesia elegida para contraer matrimonio por el capitán Ignacio Allende con María de la Luz Agustina y Fuentes, así el lugar como de donde tomó Miguel Hidalgo el estandarte de la Virgen de Guadalupe que sirvió de bandera en la lucha por la Independencia.
El día 16 de septiembre de 1810 se encontraban en la sacristia de la parroquia de Atotonilco en Guanajuato, donde estuvieron reunidos por unas horas los cabecillas del naciente movimiento armado, al salir ellos y tras una discusión sobre que bandera usar, para ese momento las tropas regulares que comandaban Allende y Aldama ya llevaban las llamadas Banderas gemelas de Allende, el cuadro fue arrancado por un ranchero que estaba entre las huestes de Miguel Hidalgo, el ranchero entonces la amarro a un simple palo de tendedero de la misma parroquia y literalmente se las arrojó a Miguel Hidalgo e Ignacio Allende para que la enarbolaran delante de las tropas.
Ambos se situaban al momento entre muchos de sus partidarios que los empujaban a seguir la marcha que habían iniciado esa mañana en el pueblo de Dolores, al parecer la situación fue fortuita porque ambos casi no logran evitar que cayera al suelo la imagen, al levantarla vieron que la multitud estaba enardecida y que regresar el lienzo al curato sería desastroso para el movimiento, por eso Hidalgo decidió ordenar que se llevara al frente de las tropas convirtiendo se en la enseña del movimiento.
En los días siguientes, se dio un fenómeno. En cada pueblo donde se reclutaban activos del Ejército Insurgente, cada contingente tomaba un estandarte o pintura de Nuestra Señora de Guadalupe en su parroquia respectiva, para que los encabezara, por eso en la realidad existieron muchos estandartes de Nuestra Señora de Guadalupe entre los insurgentes, lo cual se confirma con el parte que rindió Félix María Calleja luego de su victoria en la Batalla de Puente de Calderón donde dice que se capturó

Hablo de la posible pausa que haría el cura Miguel Hidalgo a la entrada misma del santuario de Jesús Nazareno en Atotonilco: quizá entró acompañado por sus oficiales a través del pasillo que les formó la tropa, tal vez para persignarse con el agua bendita que reposaba en alguna pila. Posiblemente Hidalgo detuvo su mirada en ambos lados de ese primer tramo de la nave central del templo, allí donde el pincel de Pocasangre pintó en uno de los muros, de un lado, el retrato de un emperador indígena —al parecer el propio Motecuhzoma— con su collar de plumas, diadema de oro y en la mano diestra otra corona. Allí mismo, al otro lado, Asia representada por el retrato de un árabe y un dromedario o camello que, como bien señala el mejor y más fino historiador del arte de Atotonilco, José de Santiago Silva, “es animal que nuestro pintor no conocía sino por referencias, pues casi no se le puede identificar como tal”. Es probable que la mirada de Hidalgo, aunque sólo fuese de reojo, reparara también en otro retrato que se encontraba en ese primer tramo: allí sonriente, vestido con gran elegancia y transpirando pompa y circunstancia, el rey de España, Carlos III, sosteniendo su corona en la mano izquierda y en la diestra el cetro de un Imperio que habría de tambalearse precisamente por ese inmenso delirio enrevesado que había desatado el propio cura Hidalgo con los gritos de la madrugada del día anterior.
Para esas fechas (1810) el santuario gozaba de considerable afluencia de peregrinos y ejercitantes y que el cura de Dolores, así como la mayoría —si no la totalidad— de los primeros hombres que se habían sumado a sus gritos, sabía perfectamente lo siguiente: ese santuario era un relicario de oración, devoción y recogimiento espiritual que ya tenía miles de adeptos y devotos en todos lares y estratos. Aun antes de que Hidalgo entrase como visitante distinguido por la puerta principal, entre los insurgentes abajeños ya existía la presencia de Atotonilco en sus entrañas, ya fuera por los ejercicios espirituales, por la devoción a las santas imágenes allí expuestas, por las peregrinaciones, simplemente de oídas o por el frenesí barroco del festival mural pintado por Pocasangre en cada capilla y en cada centímetro del templo central, allí pared con pared con la casa de ejercicios espirituales más grande del mundo, inmensa casa de expiación de culpas donde sus muros se encontraban constantemente manchados por la sangre de los penitentes.

Poner aquella imagen santa en la punta de una lanza sería, a su vez, buena punta para dirigir a los levantados seguidores de Hidalgo y todos los potenciales independentistas por la profunda devoción guadalupana. La devoción a la vanguardia de la revolución; aquí en la tierra mexicana donde incluso los ateos no niegan ser guadalupanos. Así uno de los rancheros de aquella multitud pidió una estampa de Guadalupe a doña Ramona Zapata, la que en efecto, le dio: que vista por otros que lo acompañaban, la pusieron en un asta, no de lanza, y que salieron con ella gritando: ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines! La misma señora dice, que al oír el estrépito y clamoreo, salieron Allende e Hidalgo, con el padre capellán y otros, pero que atendiendo al entusiasmo que se apoderó de aquellas gentes, y que se aumentaba con la presencia de ellos, no obstante su silencio, se volvieron a la sala, juzgando que aquella devoción y aquel entusiasmo sería momentáneo, lo cual no sucedió, pues desde entonces, así aquella multitud como las partidas que siguieron en la insurrección, conservaron por algún tiempo la costumbre de llevar consigo y vitorear alguna imagen de Guadalupe, y haya continuado los gritos que ya había lanzado desde la madrugada del día anterior y levantado él mismo su estandarte. 

Lo cierto es que a partir de ese atardecer —en el largo camino que lo llevaría a ocupar con letras doradas gloriosas páginas en los libros de Historia con mayúscula— tomaría casi todas las ciudades a su paso..”