lunes, 18 de mayo de 2015

- Los narcos y su terrible poder

El cartel más peligroso de México

El grupo criminal Jalisco Nueva Generación, que cortó carreteras en Guadalajara y derribó un helicóptero del ejército mexicano, planta cara al Gobierno con una ofensiva inédita. Este es un recorrido por la tierra donde siembra el terror

 Guadalajara (México) 
  • Una viuda de un policía asesinado por el narco. / SAÚL RUIZ

    La señora Isabel dice que su hijo era de piel blanca pero le gustaba tumbarse al sol. Por eso luce tan moreno en las fotografías que pueblan el altar que ha levantado en casa desde que lo secuestraron. El chico fumaba marihuana (“fíjese en los ojillos chiquitos”) y cuidaba de unos gallos. Un día, al terminar el almuerzo, se levantó de la mesa y le dijo a su madre “ahorita vengo, jefa, voy a echarle de comer a los gallos”. No regresó. Doña Isabel descubrió que unos hombres se lo llevaron a la fuerza, a él y a otro amigo que vendía droga en esta zona conurbada y triste de la ciudad de Guadalajara. La dueña de la tienda de la esquina, Estela, vio como al suyo, en mitad de la calle, se lo llevaron “con los pies pa’ lante” Al hijo de los vecinos de enfrente también lo levantaron en esos días de terror y su cadáver apareció horas después arrojado en una cuneta. Su familia lo identificó por un tatuaje en la nuca: “Viva México”.
    Todo el mundo supo entonces que el cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) acababa de tomar el control del barrio.
    Esta organización criminal, hasta ahora casi desconocida, se ha atrevido a desafiar al Gobierno de México con una ofensiva pocas veces vista en la historia del narcotráfico. El 1 de mayo, el cartel provocó el caos cortando calles y carreteras de la segunda ciudad más grande del país, Guadalajara, y derribó un helicóptero militar con un lanzacohetes, una acción más propia de una guerra convencional. Los sicarios ejecutaron ese día distintas acciones coordinadas contra policías y soldados mexicanos en las que hubo 17 muertos. La capacidad de control del Estado quedó en entredicho. 
    Alejandro Solorio podría ser uno de esos policías a los que el narco asesina y después las autoridades le rinde honores con discursos y disparos al aire. Pero el comisionado de Seguridad de Jalisco, el Estado donde opera principalmente el grupo, sobrevivió a un atentado de este cartel, que en sus inicios fue una célula de la mafia de Sinaloa. Por eso está hoy sentado al otro lado del escritorio. Unos pistoleros lo emboscaron en una curva, dispararon con balas antitanque y lanzaron dos granadas. “Mis escoltas y yo retrocedimos y tuve la oportunidad de sacar mi arma y ponerme a disparar”, cuenta en su oficina.


    El comisionado de Seguridad de Jalisco, Solorio / S. R.
    Del perchero cuelga un sombrero vaquero y una gabardina. Solorio tiene modales de ranchero: “Huían como cobardes a pesar de que eran más. Pero son tipos peligrosos. Es un cartel que se dedica al secuestro, la extorsión, el tráfico de drogas y robo de hidrocarburos. En los pueblos donde los hemos ido echando, a veces se me acercaba gente y me decía: ‘híjole, lo malo es que ya no hay gasolina barata’”. Solorio carga con la sospecha, como muchos de su gremio a los que no se sabe si los matan por corruptos o por honestos, de estar a sueldo del narco: “No, no. Mira este mensaje en mi celular. Es una amenaza que me enviaron el otro día. Ellos saben que no pueden comprarme”.
    El líder de Jalisco Nueva Generaciónes Nemesio Oseguera, alias El Mencho. La organización ha pasado del anonimato a ser considerada una de las más poderosas de México, según el Departamento del Tesoro Estadounidense. Mientras el Gobierno asestaba golpes a los grandes carteles como el de Sinaloa, con la detención de Joaquín El Chapo Guzmán, o a Los Zetas, con la captura de Omar Treviño Morales, CJNG crecía a la sombra y aprovechaba los vacíos de poder que producía la fragmentación de las grandes corporaciones. Su rápido ascenso tiene que ver con su capacidad para vender drogas, lo que le genera grandes réditos que utiliza para reclutar hombres y comprar armamento. Por lo pronto, el cartel ha retado al Gobierno mexicano poniendo en jaque a Jalisco, uno de los Estados más importantes y ricos de México.
    Las madres de los desaparecidos en Jalisco se reúnen todos los lunes. “Hablamos, nos consolamos, lloramos y hasta reímos. Si alguien nos viera pensaría que estamos locas, y es así: locas de dolor”, dice Guadalupe Aguilar, representante de las Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos de Jalisco (FUNDEJ). En esas reuniones se encontraron doña Isabel, que ha acabado regalándole los gallos a un primo ante la ausencia prolongada de su hijo, y Estela, la propietaria de la tienda que persiguió a los que “robaron” al suyo durante varias calles hasta que perdió el aliento y una chancla. 
    Estela, una semana después del levantamiento, fue a misa a las ocho de la mañana pero se topó con un cordón policial. La autoridad había acordonado las calles adyacentes a la parroquia. Un vendedor de helados le dijo que había “un muertito” tirado en la acera. La mujer intentó llegar hasta él, comprobar si se trataba de su hijo menor, César Gerardo, pero no le dejaron pasar. Solo le dijeron que el cadáver tenía clavado con un puñal un narcomensaje: “Así acaban los rateros y los robacamiones”. Ella pensó que su hijo no era ni lo uno ni lo otro y se fue a rezarle a San Judas Tadeo, patrón de las causas perdidas.


    Doña Isabel, madre de un gallero secuestrado en Jalisco / S. R.
    Las plegarias no han dado resultado. Cada 15 días visita el Instituto de Ciencias Forenses (Semefo) de Guadalajara para buscar entre los cuerpos de los que todavía no han sido identificados. Unos son demasiado altos, otros demasiado bajos. Más gordos, más flacos, con más pelo, con tatuajes que no son los suyos. El caso es que ninguno es el de su hijo. Estela ha dado vueltas por el municipio de Zapopan, donde vive, colocando carteles con su cara y ahí se ha dado cuenta de que su caso no es único: al menos otros cuatro chicos de los alrededores han desaparecido a manos de hombres armados. “Dicen que son los de la plaza [cartel que controla el territorio]. Dios los perdone”.

    El Mencho, el líder del cartel Jalisco Nueva Generación, parece un personaje de El Greco
    En una de las pocas fotografías que existen del Mencho parece un personaje de El Greco. Cara afilada, pómulos angulosos y un bigotillo recortado finamente sobre la comisura de los labios. El líder del cartel era hasta ahora un capo de bajo perfil, pero su desafío abierto al Gobierno le ha colocado en el centro de la diana. El cartel de Sinaloa, el más longevo del país, ataca a los rivales sin piedad pero raramente busca el choque frontal con el Estado, consciente de que ese puede ser el principio del fin.
    Para Nemesio, ya no hay marcha atrás. “El Mecho ha sobreestimado el poderío de su organización. Hacer del Estado su principal enemigo y retarlo no es muy inteligente”, opina Guillermo Valdés, director del Cisen (órgano de inteligencia mexicano) durante la guerra al narco en 2006. Varios analistas de seguridad —Eduardo Guerrero y Alejandro Hope— coinciden en que el despliegue del 1 de mayo, que tuvo eco internacional, ha podido ser un error estratégico que puede erosionar el futuro de la organización. La prioridad número uno del Gobierno, en este momento, es dar caza al Mencho.


    Policía Federal patrulla las calles de Guadalajara, Jalisco. / S. R.
    El hombre que está detrás del asesinato de una veintena de policías en el último año, en su día fue uno de ellos. Nemesio fue agente municipal en Cabo Corrientes, un pueblo en la costa del océano Pacífico. Poco se sabe de su época de uniformado poniendo multas a coches mal aparcados o a vendedores ambulantes. Lo que está claro es que no tiene piedad con el gremio. En abril, en una carretera, unos 80 pistoleros de El Mencho masacraron un convoy policial de la Fuerza Única, un comando especial. Murieron 15 agentes. “A mi marido lo quemaron vivo”, cuenta Miriam Vázquez, viuda del agente Rosendo Fregoso Ramírez, de 33 años. La mujer se ha quedado sola al cuidado de tres hijos viviendo en una choza, rodeada de perros y ratones que husmean en las cacerolas.
    Rosendo fue un tiempo a trabajar de cocinero a Los Ángeles,California, y regresó a su tierra hace unos años para hacerse policía. Temía al cartel y por eso le pedía a su familia que no lo saludaran si se cruzaban por la calle. Los hijos del policía caído han recibido una beca para los estudios, pero Kevin, de 9 años, el único varón, también quiere ser policía porque le gusta el uniforme y llevar una pistola en el cinto. “No, hijo”, le corrige su madre, “¿no ves que esos pinches narcos no tienen corazón?”.

    domingo, 17 de mayo de 2015

    - llegan y desarman a 40 policias municipales

    ...  "Ayer, hombres armados con escopetas y encapuchados, provenientes de 11 comunidades de esta localidad, desarmaron a 40 Policías municipales y retuvieron a 11, a los que señalaron de trabajar como "halcones" para un grupo delictivo.


    En los últimos 4 meses nos desaparecieron a 30 personas de las comunidades aquí en Chilapa, y ante tanta injusticia tuvimos que llegar aquí para realizar las tareas de seguridad", externó uno de los líderes del grupo civil.

    Contó que, en octubre del 2014, dos primos y dos hermanos del Comisario de Juxtlahuaca, Angelio García Villanueva, fueron "levantados" por un grupo de delincuentes en Chilapa, hasta el momento no han regresado con vida, y tampoco se sabe si ya están muertos.

    En Chilapa, dos grupos de la delincuencia organizada, Los Rojos y Los Ardillos, se mantienen en disputa por la plaza.

    Refuerzan vigilancia federal en Chilapa


    Unos 300 elementos del Ejército Mexicano, así como grupos de la Gendarmería Nacional y de la Policía Estatal de Guerrero, arribaron al Municipio de Chilapa. 

    • Unos 300 elementos del Ejército Mexicano, así como grupos de la Gendarmería Nacional y de la Policía Estatal de Guerrero, arribaron al Municipio de Chilapa. Foto: Jesús Guerrero
    REFORMA / Redacción
    Chilapa, México (10 mayo 2015).- Unos 300 elementos del Ejército Mexicano, así como grupos de la Gendarmería Nacional y de la Policía Estatal de Guerrero arribaron al Municipio de Chilapa, luego de que ayer sujetos desarmaron a los agentes locales.

    Pese a la presencia de las fuerzas de seguridad federales y estatales, los civiles armados, quienes se identificaron como policías comunitarios, continúan realizando recorridos de vigilancia en las calles de este Municipio.

    Ayer, hombres armados con escopetas y encapuchados, provenientes de 11 comunidades de esta localidad, desarmaron a 40 Policías municipales y retuvieron a 11, a los que señalaron de trabajar como "halcones" para un grupo delictivo.

    En Chilapa, dos grupos de la delincuencia organizada, Los Rojos y Los Ardillos, se mantienen en disputa por la plaza.

    "Los liberamos y les dijimos que ya dejen de trabajar con la delincuencia organizada y que mejor se dediquen a trabajar honradamente y a estudiar", dijo uno de los dirigentes de este grupo de supuestos comunitarios.

    Los civiles armados tuvieron este domingo un diálogo con el encargado de despacho de la Secretaría de Seguridad Pública, Jorge Encarnación Cuenca.

    La plática fue presenciada por jefes del Ejército Mexicano y elementos de la Gendarmería Nacional.

    Los supuestos comunitarios realizan revisiones en las calles del centro de Chilapa y en los dos accesos principales a la ciudad.

    "En los últimos 4 meses nos desaparecieron a 30 personas de las comunidades aquí en Chilapa, y ante tanta injusticia tuvimos que llegar aquí para realizar las tareas de seguridad", externó uno de los líderes del grupo civil.

    Contó que, en octubre del 2014, dos primos y dos hermanos del Comisario de Juxtlahuaca, Angelio García Villanueva, fueron "levantados" por un grupo de delincuentes en Chilapa, hasta el momento no han regresado con vida, y tampoco se sabe si ya están muertos.

    Indicó que estas cuatro personas trabajaban de albañiles en Tlapa y que fueron secuestrados cuando pasaron a Chilapa para realizar algunas compras.

    "Queremos que se diga si ya está muertos para que nos los entreguen y los vayamos a enterrar para llevarles una flor a su tumba", afirmó una señora.

    Los civiles armados le exigieron al encargado de Seguridad Pública que presente su renuncia, al igual que al Alcalde de este Municipio, Francisco Javier García González.

    "Yo he dado mi mayor esfuerzo, pues no he cruzado los brazos, pero ahí está en la mesa mi renuncia", les dijo el jefe policiaco.

    "Yo no puedo enviar a 16 policías para enfrentar a 50 o a 60 personas armadas", señaló.

    Informó que, desde ayer, los 96 policías a su mando se encuentran acuartelados y desarmados.


    Leer más: http://www.reforma.com/aplicacioneslibre/articulo/def

    sábado, 16 de mayo de 2015

    - Adolescentes matan jugando a secuestradores

    El crimen de un niño a manos de otros menores sacude México

    Los detenidos por la tragedia de Chihuahua dijeron que querían jugar a los secuestradores


    Traslado de los restos del niño asesinado en Chihauhua / EFE
    La infancia puede ser un juego o un infierno. En la colonia Laderas de San Guillermo, el pasado jueves, fue las dos cosas. Ahí, muy cerca de los muros de la prisión de Chihuahua, el pequeño Christopher, de 6 años, fue arrastrado a una pesadilla de la que México aún no ha despertado. Dos primos y tres amigos, de 11 a 15 años, le tomaron de la mano para "jugar a secuestradores" y acabaron matándole tras una larga e indescriptible tortura. En un país donde a la muerte se le erigen altares, este crimen ha desbordado diques y, con su componente infantil, ha puesto a muchos ciudadanos ante el espejo enfermizo de la ultraviolencia. Un fenómeno que Chihuahua conoce bien.
    El estado norteño, una de cuyas grandes urbes, Ciudad Juárez, fuedurante años la mayor tumba del planeta, registra después de Guerrero la tasa de homicidios de menores más alta de México: 38 por cada 100.000 habitantes. Casi 50 veces más que la española para todas las edades. En este aberrante contexto, la muerte del pequeño Christopher, conocido como El Negrito, podría haber pasado inadvertida, pero el pretendido juego que le acompañó puso el dedo en la llaga: niños emulando secuestradores y, a juzgar por las declaraciones de la policía, yendo mucho más lejos que ellos. "Es un problema de descomposición social, no es un tema policial, sino de pérdida de valores", explicó el demudado fiscal del caso.
    Es un problema de descomposición social, no es un tema policial, sino de pérdida de valores
    El fiscal del caso
    La reconstrucción de la procuraduría revela que, antes de llevarse a Christopher, los menores habían capturado y matado con saña a un perro callejero. Luego, comandados por un chico de 15 años, partieron en busca de otra presa. Eran las diez de la mañana y el pequeño, como tantas otras veces, jugaba en la calle. Fue entonces cuando se topó con la pandilla. Le pidieron que les acompañase a juntar leña. El niño les siguió. No eran desconocidos, sino sus primos, sus vecinos en ese arrabal de miseria y polvo. Al llegar a un arroyo cercano, lejos de las miradas de los adultos, le propusieron el juego del secuestro. Y tras atarle de pies y manos, cruzaron el espejo. Con un palo le asfixiaron hasta hacerle perder la conciencia. Acto seguido, vinieron los varazos, las pedradas, la navaja. El cadáver fue arrastrado hasta un agujero que cubrieron con tierra y maleza. Encima colocaron al perro muerto.
    No tardó mucho en abrirse la fosa. Al día siguiente, en plena movilización policial, una madre se acercó a los agentes. Su hijo le había contado lo sucedido. El sábado se halló el cuerpo. Los menores fueron aprehendidos. Los dos muchachos de 15 años se enfrentan ahora a una posible pena de 10 años; las dos chicas de 13 y el chico de 11 son inimputables. Cerrado el caso, se han abierto las preguntas. México ha iniciado nuevamente la lenta digestión del horror.
    "Cómo respondemos como sociedad ante un hecho así? ¿Qué ven unos muchachos en su entorno que los hace querer ser secuestradores?", inquirió en un amargo artículo el director del diarioExcelsior.
    Antes de llevarse a Christopher, los menores habían capturado y matado con saña a un perro callejero
    "Es el reflejo de una generación que ha crecido en la idea de que matar no tiene consecuencias. ¿Qué esperamos, si viven en un estado campeón de la impunidad y donde la vida carece de valor? Eso es lo que han aprendido. El único remedio frente esta locura es hacer justicia. Que las instituciones dejen claro que matar en México no está permitido", explicó a este periódico la periodista Sandra Rodríguez, autora de Fábrica del crimen, el estremecedor retrato de un asesinato cometido por menores en 2004 en Chihuahua. En la misma línea, se expresó la Red por los Derechos de la Infancia: "Los miles de homicidios, desapariciones y crímenes impunes no han tenido una explicación oficial para los niños y adolescentes en el país. Cada familia y comunidad ha buscado darles respuestas (u ocultarles la realidad) y no ha tenido éxito".
    Las exequias del pequeño Christopher se celebraron el domingo pasado en la funeraria la Luz Nueva, de Chihuahua. Abatida por el dolor y la rabia, la madre exigió justicia y que nadie creyese que aquella barbarie fue un mero juego. "Mi hijo no era un perro", clamó. En la última década han muerto por homicidio en México, 10.876 menores. Christopher es desde el jueves pasado, uno de ellos.
    http://internacional.elpais.com/internacional/2015/05/19/actualidad/1432066173_984088.html

    viernes, 15 de mayo de 2015

    - México, donde lo católico y lo pagano conviven juntos

    OFRENDA POR LLUVIAS:

    Pobladores de Zitlala, municipio de Guerrero caminaron siete kilometros para llegar al cerro de Cruzco donde realizaron un ritual para pedir por una buena temporada de lluvias y fertilidad. Los actos pagano-religiosos que se realizan cada año concluyen hoy con una pelea entre hombres y jaguar. Abel Miranda

    Como cada año los tigres de Zitlala, Guerrero, se enfrentan en combates rituales para convocar las lluvias que les permitan sembrar (ver fotos)


    Durante horas hombres-jaguar se trenzan a golpes

    En Zitlala, la lluvia llega convocada por la violencia

    La tradición cultural da salida a la agresividad humana
    Zitlala, Guerrero, 4 de mayo. Aquí, en esta antigua población nahua ubicada en La Montaña Baja, al centro del estado de Guerrero, la violencia está en la cultura y la cultura está en la violencia. Pero no hay dilema, porque parece más una solución que un problema.

    Por ejemplo, la culminación de las ceremonias pagano-católicas de petición anual de lluvias por el comienzo de un nuevo ciclo agrícola, se realizó este jueves bajo la forma de más de cuatro horas de combates entre un centenar de hombres-jaguar, armados con gruesas reatas o cuartas.

    En otro caso, en febrero o marzo, durante el Carnaval, los zitlaltecos se enfrentan a puño limpio o se lanzan piedras de barrio a barrio con sus hondas de cuero. El resto del año, aseguran todos, no hay rencores, y si surge alguna rencilla no será por esas luchas de raíz ceremonial.
    Es de ese modo, o así parece ser, que aquí la violencia humana ha podido ser sometida y dosificada al integrarla a las tradiciones ancestrales.
    Ofrenda de dolor
    Como desde tiempos inmemoriales, este 3 de mayo los enfrentamientos entre jaguares cimbraron una vez más a Zitlala, la prehispánica Citallán o "Lugar de las estrellas". Se trata de la Danza de los tigres o Atzatzilistli.
    En Guerrero se le llama tigre al jaguar y su amplia presencia en la región es una muestra de la influencia que los antiguos olmecas, "la cultura madre", ejercieron en esta y otras zonas de Mesoamérica, mucho más allá de Tabasco y Veracruz.
    En ese día de violencia la ofrenda fue el valor y el miedo, el dolor y la penitencia de los zitlaltecos. Pero hace unos días, desde el 21 de abril, el ofrecimiento a los dioses fue de semillas de maíz, frijos y calabaza, pues los nahuas de la región peregrinan al cerro El Cruzco, donde hay un centro ceremonial con cuatro cruces dirigidas a los puntos cardinales.

    Las cruces las bajaron a la iglesia de San Nicolás Tolentino el primero de mayo y al día siguiente realizan una misa. Luego suben de nuevo al cerro, a unos siete kilómetros de distancia, para danzar y ofrecer comida y mezcal, y colgar de un arco vísceras de pollos y guajolotes, que también lanzan a un pozo.
    El jueves los tigres comenzaron a llegar a la plaza central después de las 3 de la tarde. Desde los barrios de la Cabecera, San Francisco y San Mateo, arribaron acompañados de sus respectivas bandas de viento y provistos de mezcal, cervezas y sus gruesas máscaras de cuero de vaca, en realidad una especie de casco protector contra los mortales cuartazos.
    Una cuarta es una cuerda de lazar trenzada por varios hombres mediante unos palos y con un duro nudo en el extremo con el que se golpea al adversario. Casi un mazo. Aunque antes, cuando las luchas eran en el río o en el cerro, solían utilizarse palos y piedras, cuentan los más viejos, como don Anselmo.
    Los preparativos del jueves comenzaron en cada barrio desde la mañana, con la confección de las cuartas y la preparación de pozole, caldos de pollo y de res, tamales de frijol y otros platillos.
    También se continuó con la reparación de las máscaras dañadas el año anterior. Deben reponerse los ojos de espejo, los pelos de jabalí, los dientes y orejas de cuero. Deben retocarse los colores, entre los que resalta el amarillo, aunque también hay jaguares verdes y blancos y hasta perros y diablos rojos con cuernos negros.
    Las labores son comunitarias y muchos participan, pero los más inquietos son los más jóvenes, guerreros primerizos que ya han comenzado una batalla contra el miedo.
    "El que duele es el primer golpe, luego te encabronas y lo que quieres es ganarle al otro", dijo Raymundo, joven del barrio de San Francisco que trabaja de bolillero en las playas de Acapulco.
    Labores comunitarias
    En el barrio de Cabecera, dos cuadras cuesta abajo de la plaza central y de la iglesia de San Nicolás Tolentino, el trabajo se realiza en la casa de la familia de Benjamín Miranda, impulsor de la tradición y uno de los maestros mascareros de Zitlala, ubicada en la que quizá sea la región creadora de máscaras más importante del país.
    Miranda es contactado por Estanislao Gregorio Padilla, originario de Zitlala, masajista en unos baños públicos de la colonia Santa María la Ribera, en la ciudad de México, y próximo a consolidar una taquería en Texcoco.
    Estanislao, a su vez, es amigo del fotógrafo Francisco Olvera. Ante la inexistencia de hoteles en Zitlala, los tíos de Estanislao, don Ernesto y doña Elena, ofrecen techo, comida y amistad.
    Don Ernesto, agricultor y albañil, comenta que no hay precios de garantía para el excelente maíz pozolero del lugar, por lo que se tiene que malbaratar con los intermediarios.
    Con base en trabajo don Ernesto y doña Elena, de mirada maternal, han logrado construir una casa de dos niveles. De sus cuatro hijos, dos se han casado y también han tenido que emigrar a la ciudad de México. Los otros dos estudian filosofía y matemáticas en Chilpancingo.
    Tierra de música y danza
    Al mediodía, frente a la casa del mascarero Benjamín Miranda pasan desfilando unos ocho grupos de música y danzas indígenas provenientes de diversas comunidades de la región, los que acompañan la fiesta de los tigres y a la vez realizan su octavo encuentro de manera institucional.
    Los danzantes llegan a la plaza central y ahí son presentados: los tigres de Atixpa, acompañados de banda de viento, con trajes moteados y máscaras; los tlacololeros, con música de un tamborilero y flautista y trajes de yute, grandes sombreros y máscaras; los chivos del barrio de San Francisco, Zitlala, con banda, máscaras con cornamentas y trajes de terciopelo con flequillos.
    También interpretaron las danzas de los Manueles, de los Paloteos y una de origen prehispánico, las tres de comunidades del cercano municipio de Chilapa, así como la de los Diablos, de la Costa Chica.

    Pasadas las 3 de la tarde comienzan a llegar los tres grupos de tigres. Al centro de la plaza se ha aislado una zona con maderos y malla ciclónica. Las banquetas, bardas, azoteas, árboles y demás áreas libres se encuentra abarrotadas. Son cientos, quizá miles de espectadores de Zitlala y comunidades vecinas.
    La especie de ruedo tiene dos puertas opuestas. De un lado están los tigres de San Mateo y de Cabecera, y del otro, los de San Francisco, más numerosos. Por la arena pasarán campesinos, comerciantes, burócratas locales, desempleados, migrantes, soldados rasos con licencia y hasta uno que otro militar de rango mínimo.

    Todos están dispuestos a la penitencia corporal para que lleguen las lluvias, o por lo menos para exorcizar los demonios que todo ser humano lleva dentro.
    De 4 de la tarde a poco después de las 8 de la noche, en una atmósfera de sudor, humores mezcaleros y crispamiento, los tigres-gladiadores irán mostrando poco a poco orejas humanas rotas, uñas sangrantes, hematomas en hombros, brazos y piernas. Habrán de mostrar también, al fragor de la batalla, mayores o menores pericias técnico-atléticas. Pero eso ya es asunto de la crónica deportiva.

    En ese tiempo habrán de realizarse, al menos, un centenar de enfrentamientos, varios de ellos sin necesidad de máscara. Los réferis oficiales y espontáneos apenas podrán mantener un equilibrio precario y por momentos se tocarán los límites del caos. Pero la lluvia habrá sido invocada una vez más y las siembras podrán comenzar de nuevo a fines de mes.